MEDIOMETRISMO: SURF EN LA COSTA CENTRAL CATALANA

Un relato gráfico y comentado sobre olas pequeñas, swells escasos y gente que hace del medio metro una forma de vida. Algunos, hasta lo convierten en una forma de expresión personal.

Y es que en realidad, si de lo que se trata es de disfrutar de la vida y el mar... ¿para qué necesitamos más tamaño?
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miércoles, 11 de junio de 2008

SURFEANDO LA NADA

En uno de los últimos números de la revista “Surfing” se hablaba en portada de la ola más grande jamás surfeada. Vale, tendrá su mérito. Pero yo creo que a nosotros deberían ofrecernos algún crédito al respecto de “la ola más pequeña jamás surfeada”. Que tiene su dificultad, no crean.

Vean si no esta primera fotografía. Cualquier surfer en su sano juicio creería que en el encuadre coincidió un surfer dejando la ola con otro que pasaba por allí en plena paddle race. Pues no: lo que está remando ese señor es la “ola”. Puede que sólo la vea él, pero la esperanza es lo último que se pierde. No hay ola pequeña, sólo surfers con insuficiente fe. Y aquí, la verdad, después de periodos de un mes sin olas -bastante habituales- nos conformamos casi con cualquier cosa. O sin el “casi”. No sé si nuestro optimista amigo llegó a levantarse o no, lo dudo a la vista de la imagen, pero nos sirve como ejemplo de lo que la reconocida surferette y saltadora (lo reconoce ella misma, a mí no me miren) local Stephanie Leblanc definió, muy acertadamente, como “ondulaciones surfeables”.


A veces nos pasamos...

Esto de ondulaciones surfeables es lo que en otros lugares se conoce por “mar plato”, pero aquí si no es plato del todo le sacamos partido, que el mar es como los cerdos, se aprovecha todo. Lo que convierte a su vez en muy posible que algún surfista local ostente el record mundial de remadas inútiles en olas inexistentes. En esos momentos, cuando eres consciente de lo que has intentado remar, te paras y ves a tu alrededor a otros surfers mirándote con una sonrisa medio indulgente medio sarcástica, siempre nos queda el consuelo aquel de poner cara de “ lo he remado queriendo, así al menos hago brazos”... Cierto es que, como decía, tiene su mérito, porque cuando esas sesiones son en invierno nos asalta muy a menudo el síndrome “pero qué estoy haciendo aquí”. Ese síndrome, descrito en la medicina relacionada con el surf como propio de zonas con mares cerrados, tiene como síntoma principal una cierta sensación de ridículo. Pero enseguida recuerdas que no se puede ser surfer en el Mediterráneo si se tiene sentido del ridículo.

Cuando abrí el blog fui muy optimista. Afirmé que pretendía rentabilizar la cámara digital. Por supuesto, como era de esperar, no ha habido ninguna oportunidad desde entonces de meterse en el agua ni de fotografiar nada relacionado con el surf, así que no me queda más remedio que enseñarme a mí mismo en unas fotos que me sacaron al día siguiente. Vale que los blogs son ego-trips, y lo más normal es que el que lo escribe acabe hablando de sí mismo (yo prometo hacerlo poco, en serio) Pero aún así queda poco elegante hacerse aparecer. En este caso, sin embargo, la foto sirve bien para acompañar el ejemplo e ilustrar el dicho de que, en surf, a diferencia de lo que cuentan de la vida, valen más mil palabras que una imagen.


Sí, ahí había una ola...

Esto fue el último día que hemos tenido algo parecido a olas, hace tres semans, el día después de abrir el blog. Ahí se me ve, aprovechando de manera patética un miniswell y compitiendo por el galardón de ola más pequeña jamás surfeada.

En fin, que digo que las fotos engañan porque en plano fijo algunas de la sesión parecen indicar un cuarto de metro tablonero y bonito. Ni caso, oigan. Una vez te levantabas, si es que te levantabas, como máximo podían recorrerse 15 metros antes de que la ola quedara en nada. Con una imagen parecen olas; con mil palabras te sobrarían 998 para describir lo que había.

Menos mal que en la siguiente foto, para compensar, se ve una elegancia en el surfer, una estela semicircular perfecta dejada por el giro, una soltura, una clase... ah, que ya había dicho que el de la foto era yo... Perdón...


Superclase... ;0)

Ese día entré porque estaba probando mi nuevo artilugio, una Montjuich 9’ single-fin only llamada Le Croissant, anchota y gorda. Y tenía ganas de ver cómo funcionaba. Permitió aprovechar las olillas y "echar la tarde". Lo que la convierte en un magnífico tablón. Aunque le faltaba un poco de quilla.

Pero ya se sabe: aquí, en materia de surf, siempre nos falta algo. Normalmente, olas.

Ah, por cierto, debo reconocerlo... me lo pasé como un enano, para qué nos vamos a engañar.

miércoles, 4 de junio de 2008

DÉJAME UN RATITO MÁS, MAMÁ...

Una imagen muy habitual, que todos hemos visto cientos de veces, que muchos hemos fotografiado con mayor o menor gracia, pero sobre la que sólo unos pocos se habrán parado a reflexionar: el surfer pensándose si entra o no. O si vuelve a entrar o no.

¿Y qué es exactamente lo que piensa?

Bueno, pues cada uno de nosotros pensará una cosa u otra, dependiendo de su grado de originalidad mental, pero en esta cuestión también se da una diferencia fundamental entre el mediometrismo y las olas “de verdad”.



C'mon and let me know... should I stay or should I go??

Imagino -o al menos es lo que me ha pasado a mí- que a menudo un surfista plantado en la orilla frente a un mar grande, desordenado o bravo, puede estar reflexionando sobre si está físicamente preparado, si tiene el nivel suficiente para no correr riesgos, si le apetece el esfuerzo que va a soportar durante la sesión o si realmente le vale la pena meterse ahí. Hasta puede estar valorando si ha llegado demasiado tarde y la subida –o bajada- de la marea le va a fastidiar las olas. Bien, eso también te lo puedes pensar antes de ponerte el traje y te ahorras el engorro del ahora me lo pongo - ahora me lo quito, pero aceptémoslo, a muchos de nosotros nos debe haber ocurrido alguna vez. Si el/la surfer es alguien responsable y la cosa está verdaderamente seria, también puede ser que esté buscando el mejor canal para llegar bien al line-up, calculando la frecuencia de las series o analizando la calidad o características de las olas para su mejor aprovechamiento.

Aquí no. ¿Ven? Otra ventaja del mediometrismo: no hemos de calentarnos tanto la cabeza... Aquí, donde por no tener no tenemos ni mareas, cuando alguien está mirando al mar con la tabla bajo el brazo, los pensamientos más habituales son del tipo:

a) Joder, le he dicho a mi novia que la llamaría hace una hora para quedar y aquí sigo, dále que te pego, debería salir a avisarla o me veo esta noche a dos velas...

b) Pufff, ahora le he mandado un sms a éste para que no venga y no está tan mal, mejor salgo a llamarle un momento que si no se cabreará.

c) Mierda, a este lado hay muchos tabloneros. ¿Y si voy al otro lado del espigón? (En este caso, es posible que le volvamos a ver al cabo de un rato parado en la otra orilla pensando que ahí hay muchos shortboarders maquineros y que casi mejor se vuelve dónde antes...)

d) Esta ola con la que he salido es una basura. A ver si me habrá visto alguien... Voy por una más que dicen que hay que marcharse con una ola buena y hasta la arena.

e) ¿La comida familiar del cumpleaños de mi madre a qué hora era? ¿Voy bien? ¿Quién llevará reloj para preguntarle la hora?

f) Para ser mi tercer día... ¿no haré mucho el ridículo si entro con este tamaño?

g) Lo juro, no vuelvo a entrar de resacón.

O similares. Para hacerse una idea: en el caso de la primera foto, Roser se estaba pensando si le salía más a cuenta el buen rato que estaba pasando o pesaba más el frío que le causaba su traje fino por no haber reparado aún el agujeraco de su traje de invierno... Para curiosos, se fue para la furgoneta.


Roser recordándole a un chaval que Cala Balmins (aka El Cementerio) no es ola para tablas cortas...

Un día dedicaremos un “Especies autóctonas” a Roser, una persona que llegó tardísimo al surf -como tantos aquí- pero que lo ha cogido con ganas y se está stokeando seriamente. Se inició con una evolutiva y, cuando empezó a coger olas con cierto control, en lugar de bajar de tamaño, se pasó al tablón. Un signo de inteligencia por su parte.... Por cierto, en ese momento de cambio al longboard -hará unos dos años largos, así a ojo- afirmó convencida (aunque con un deje de duda irónica) que en un año haría un hang ten. Si lo consiguió o no es una historia que contaremos ese otro día...